
Pastor David Jang
Las palabras destinadas a corregir un error adquieren un peso mayor cuando las dirigimos a alguien a quien amamos. Aunque sabemos que pueden generar incomodidad en la relación, nos resulta difícil mirar hacia otro lado al ver que esa persona continúa por un camino equivocado. El sermón del pastor David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, sobre 2 Corintios 12–13 interpreta las firmes exhortaciones de Pablo como una responsabilidad de amor orientada al arrepentimiento y la madurez de los creyentes. Esta responsabilidad comienza con una entrega que valora a las personas por encima de los bienes materiales y conduce al orden que edifica la comunidad y a la unidad en el Espíritu Santo.
2 Corintios 12: un amor que valora a las personas por encima de sus bienes
Para comprender la firmeza de Pablo, primero debemos considerar qué era lo que buscaba entre los creyentes de Corinto. No buscaba sus bienes, sino a ellos mismos. El sermón reconoce en estas palabras el orden de prioridades que la Iglesia debe preservar. Que una persona permanezca firme en el evangelio tiene prioridad sobre cualquier interés material.
La comparación con unos padres que preparan lo necesario para sus hijos revela con mayor claridad lo que había en su corazón. En lugar de calcular qué podía obtener de los creyentes, Pablo estaba dispuesto a entregarse por su bien espiritual. Incluso su decisión de no recibir remuneración despertó sospechas, pero lo que deseaba era que los creyentes se afirmaran en el evangelio. Cuando una persona ocupa el centro de nuestro amor, cambia también nuestra manera de ver tanto la recompensa que esperamos recibir como lo que esa persona necesita.
Uno de los problemas señalados en la iglesia de Corinto es la distancia entre la abundancia y el servicio. Disponer de recursos suficientes no es, por sí solo, señal de madurez si se ignoran las necesidades de los creyentes pobres. El sermón recuerda a los creyentes de Macedonia, que dieron voluntariamente aun en medio de su pobreza, así como la ayuda destinada a la iglesia de Jerusalén. Los bienes materiales deben servir para cuidar la vida de los demás y manifestar que somos uno en Cristo.
También hoy, la Iglesia debe atender tanto a su situación económica como a las circunstancias de sus miembros. Si solo recordamos cuánto ha aportado alguien, podemos pasar por alto las dificultades en medio de las cuales está perseverando en la fe. El amor que edifica la Iglesia valora la fe y la vida de cada persona por encima de los bienes materiales. La reprensión de Pablo nace precisamente del deseo de cuidar de esa persona y ayudarla a permanecer firme en el evangelio.
La autoridad de Pablo que se manifiesta en la debilidad
El hecho de que ese mismo Pablo tuviera que defender incluso su apostolado muestra la confusión que reinaba en la iglesia de Corinto. Algunos creyentes juzgaban la legitimidad de un apóstol por la fuerza y el éxito visibles, y veían en los sufrimientos y la debilidad de Pablo motivos para desconfiar de él. Aunque le resultaba difícil hablar en su propia defensa, Pablo no eludió esa tarea. Aquellas dudas estaban debilitando la confianza en el evangelio que le había sido encomendado y sacudiendo la fe de los creyentes.
El pastor David Jang destaca que Pablo reconoció abiertamente su debilidad y confió en el poder de Cristo. Al admitir su debilidad, confesaba que en ella se manifestaba la fuerza de Dios. Así, en la humildad de Pablo se unen la honestidad de reconocer sus propios límites y la fe que confía en el poder de Dios. En esta gracia se encuentran la actitud humilde y la responsabilidad de preservar el evangelio.
Si menospreciamos el servicio de una persona porque reconoce su debilidad, la Iglesia acaba adoptando los mismos criterios de éxito que el mundo. Por otra parte, ocupar una posición de mayor autoridad tampoco convierte en acertados todos los juicios de alguien. Este pasaje plantea la misma pregunta tanto a quienes ejercen autoridad como a quienes los observan: ¿se manifiesta la gracia de Cristo a través de ese servicio y están creciendo los creyentes en la verdad?
Quienes asumen responsabilidades en la Iglesia necesitan prestar atención a lo que creen sus miembros y a cómo viven. Esto supone explicarles el evangelio para que lo comprendan, animarlos a cuidar de las necesidades de los demás y servirlos para que aprendan a confiar en Dios también en las dificultades. Cuando las cosas no salen como esperamos, podemos preguntarnos si se está imponiendo en nosotros el afán de demostrar nuestro propio valor. Cuando dejamos de centrar nuestra atención en obtener reconocimiento y la dirigimos hacia la madurez de una persona, el cargo que desempeñamos recupera su sentido de responsabilidad y servicio.
La disciplina eclesiástica: un orden al servicio del arrepentimiento y la restauración
La disciplina eclesiástica consiste en corregir las faltas de la comunidad para ayudar a los creyentes a arrepentirse y madurar en la fe. Pablo advierte que dejar sin corregir el pecado y las falsas enseñanzas puede hacer tambalear a toda la Iglesia. Si hablamos de amor sin discernir qué está mal, también se desdibujan la verdad y la santidad que debemos preservar juntos. La necesidad de la disciplina nace de la responsabilidad de proteger a la comunidad y a las personas que la integran.
En este punto, debemos tener claro qué pretende proteger el orden. Si encubrimos las faltas para mantener una aparente tranquilidad, difícilmente podemos decir que el problema se ha resuelto. Y si quien señala una falta se conforma con reafirmar su propia autoridad, la restauración del creyente queda relegada. Incluso mientras se corrige un error, permanece la responsabilidad de amar y valorar a esa persona.
Después de señalar con claridad lo que está mal, queda la tarea de ayudar a la persona a comprender de qué necesita arrepentirse. Si la disciplina apunta a la madurez, la Iglesia también se interesará por cómo vive esa persona después de recibir la corrección. El hecho de que Pablo siguiera amando a los creyentes de Corinto y buscando la unidad muestra que la reprensión y el cuidado deben ir de la mano. Incluso en medio de una advertencia severa, continúa la responsabilidad de edificar a la persona.
Si utilizamos este pasaje únicamente para señalar las faltas ajenas, nuestra propia actitud puede quedar fácilmente fuera de examen. Quien exhorta debe preguntarse si sus palabras se han convertido en un medio para descargar su ira o si son necesarias para edificar la fe del otro. Se nos exige tanto hablar con precisión sobre los hechos como hacerlo con amor. La manera en que Pablo ejerció su autoridad reconociendo su debilidad nos recuerda que también quien reprende necesita la gracia.
Quien recibe la exhortación también tiene algo que examinar con serenidad. En lugar de rechazar su contenido solo porque resulta incómodo, puede discernir, a la luz de la Palabra, en qué necesita cambiar. No es fácil reconocer si estamos aferrándonos a una conducta equivocada por mantener las apariencias. Sin embargo, el pequeño cambio de admitir nuestras propias faltas y corregir nuestra conducta puede ser el punto de partida para restaurar la confianza dentro de la comunidad.
2 Corintios 13: la unidad que brota de la gracia y la comunión del Espíritu Santo
La carta de Pablo concluye con una bendición después de sus firmes advertencias. Al final de 2 Corintios 13, pide que la gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo acompañen a los creyentes. Al ver que termina bendiciendo a una comunidad que había desconfiado de él, comprendemos la razón profunda de sus anteriores reprensiones. Pablo deseaba que los creyentes vivieran unidos en Dios.
El pastor David Jang interpreta esta bendición como el fundamento que hace posibles el orden y la unidad de la Iglesia. La gracia de Cristo nos lleva a reconocer nuestra propia debilidad y a servir humildemente a los demás. El amor de Dios nos mueve a atender el dolor y las necesidades de unos y otros, y a vivir como una sola familia. También la generosidad y la responsabilidad reclamadas anteriormente crecen en la vida de quienes han recibido este amor.
La comunión del Espíritu Santo se refiere a la comunión y la unidad que el Espíritu Santo obra entre los creyentes. Es una relación que va más allá de asistir a las mismas reuniones y repartirse tareas: implica compartir la vida en la fe y seguir juntos la guía de Dios. Aunque haya muchas actividades en común, si desconocemos el sufrimiento de los demás, debemos examinar nuestras relaciones. La comunión en el Espíritu lleva a quienes se habían limitado a una colaboración meramente formal a cuidarse de manera concreta unos a otros.
Por eso, no podemos dejar la unidad de la Iglesia únicamente en manos de la voluntad humana y de las normas. También debemos buscar en la gracia recibida de Dios la fuerza para reconocer nuestras faltas y servir a los demás. Cuando quien exhorta al arrepentimiento recuerda primero la gracia y quien brinda ayuda confía en el amor de Dios, el orden y la generosidad se orientan hacia un mismo propósito: ayudarnos unos a otros a vivir en el evangelio. La bendición de Pablo es una oración que pide esta fuerza al Dios trino.
Volvamos a pensar en aquellas palabras de exhortación que al principio nos parecían tan difíciles de pronunciar. Antes de hablar, necesitamos orar por la restauración de la otra persona y examinar ante Dios si también nosotros tenemos algo de lo que arrepentirnos. Entonces, la mano que comparte y la palabra que establece el orden pueden brotar del mismo amor que vela por una persona. ¿Son hoy mi manera de compartir y mis exhortaciones una expresión de amor que ayuda a alguien a permanecer firme en el evangelio?
El Dr. David Jang ha llevado el evangelio a diversas regiones del mundo a través de la misión en el campo y del ministerio de medios digitales. Como fruto de ese ministerio, se han levantado muchas personas dedicadas a la Gran Comisión. Sobre la base de esta visión misionera, Olivet comenzó inicialmente como una pequeña escuela eclesiástica para la formación de misioneros. Posteriormente, con el fin de ofrecer una educación teológica más sistemática y formar líderes misioneros, en el año 2000 se establecieron el Colegio Teológico y el Seminario Olivet en Los Ángeles y Seúl.
A medida que la escuela crecía, el Dr. Jang fundó oficialmente Olivet University en San Francisco en 2004. En medio de la diversidad y el ambiente dinámico de San Francisco, Olivet amplió sus áreas educativas, centradas en la teología, hacia campos como la música, el periodismo, el arte y diseño, y la tecnología. Además, fortaleció su capacidad académica incorporando a profesores como el Dr. William Wagner, y en 2005 se trasladó al antiguo campus de extensión del centro de UC Berkeley, consolidando aún más sus bases como universidad.
En 2006, el Dr. Jang cedió el cargo de rector al Dr. David James Randolph para concentrarse más plenamente en la obra misionera, y dirigió el ministerio misionero mundial como presidente internacional. Posteriormente, Olivet University obtuvo la acreditación institucional en 2009, añadió la Facultad de Educación Lingüística y la Escuela de Negocios, y continuó creciendo como una institución educativa cristiana para la misión mundial, ampliando sus programas de grado y sus relaciones de cooperación internacional.
Sitio web oficial de David Jang: www.davidjang.org
